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Literatura

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Nació en 1923 y murió en 2007. Norman Mailer fue un periodista que revolucionó la literatura, o quizás al revés: un escritor demasiado metido a periodista. Vivió toda su vida en Nueva York, pero se convirtió en una figura clave para entender la cultura del país entero. Un tipo correoso y sin mierdas. Leí ‘Los ejércitos de la noche’ demasiado pronto y ‘The Fight’ (el libro sobre la pelea entre Ali y Foreman) demasiado tarde. Su palabra es la ley. Cualquiera que esta sea.

Esta entrevista forma parte, al igual que la de Bob Dylan, del número especial del 40 aniversario de la edición americana de la revista Rolling Stone y fue realizada por Mark Binelli. La foto es de Richard Avedon.

NORMAN MAILER Periodismo de choque

¿Cuál fue su relación con la contracultura en 1967? Viniendo de la generación de la II Guerra Mundial, era un poco más mayor que la gente que lideraba el movimiento.

Veamos, en 1967 yo tenía 44 años, así que sí, sin duda era mayor que la contracultura. Tienes que tener en cuenta que este movimiento tuvo muchos problemas al nacer, socialmente hablando, porque durante toda la década de los años 50 pensábamos que éramos muy pocos, cuantitativamente. Esto fue durante los años de Eisenhower. Comparándole a él con los presidentes que han venido después, no fue tan malo, pero en aquel momento pensábamos que era horrible, porque era el típico americano simplón. Y pensábamos que el país estaba listo para explotar en medio de tantas nuevas ideas y de la nueva forma que teníamos de percibirlas. Debieron pasar sus buenos ocho años –era como poco 1965– antes de que la así llamada revolución empezase. Por entonces, yo  me sentía como el decano del movimiento. No era que la gente estuviera interesada en llamar a mi puerta para pedir consejo, sino más como observador.

¿Notaba la diferencia generacional?

Pensaba que ellos no tenían culpa de eso. Escuchabas a chicos decir: “Quememos la bandera americana”. Incluso peor: un tipo grosero que conocía decía: “Quememos un perro, para mostrarles cómo es quemar a una persona en Vietnam”. Recuerdo que le dije: “¿Estás gilipollas? ¿Quemar un perro?”. Pero era algo típico del extremismo. Mi generación salía de una guerra, sintiendo por un lado que había participado en un hito, pero por el otro sintiéndose traicionada. No habíamos participado de esa guerra para entrar acto seguido en una Guerra Fría. Teníamos raíces. Teníamos un sentido histórico de las cosas. Yo tenía la sensación de que esta nueva generación a la que te refieres había salido de la nada y que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Por otro lado, era podidamente excitante, porque al menos estábamos estallando. Pero este “nosotros”, como digo, parcialmente difuminado.

¿Qué más dividía a su generación? ¿Qué sucedía con la cultura de las drogas?           

Bien, por supuesto, en los años 50, los que habíamos sido fumadores de marihuana estábamos muy orgullosos de ello. Pensábamos que la marihuana era el camino secreto para la revolución, de modo que si todo el mundo fumara marihuana llegaríamos a la revolución, porque cuando estás bajo los efectos de esta planta puedes verlo todo claro y nítido. Yo fui fumador de marihuana hasta que lo dejé diez o veinte años después. Tenía la sensación de que estaba reduciendo mi futuro con la marihuana. Me fumaba un porro –cuando lo hacía me colocaba de verdad– y era incapaz de hacer nada durante los siguientes dos días. Me di cuenta de que si quería ser un escritor serio y trabajar mucho, tenía que dejarlo, así que lo hice a regañadientes. Los chicos más jóvenes tomaban drogas más duras, pero yo nunca me metí en ese rollo.

¿Nunca probó las drogas psicodélicas en aquella época?

Antes de que el LSD apareciera había una cosa que se llamaba… ¿cómo coño se llamaba? Empezaba con “m”… ¡mescalina! Recuerdo que lo probé una vez, en Nueva Orleáns, y me puse malísimo, me volví medio loco. Así que nunca más volvía a probar nada de eso. Nunca probé el LSD. De hecho, rechazaba su uso.

¿Por qué?           

Porque encontraba que era como muy fácil. Siempre he tenido esta cosa fuerte, llámalo sentimiento, llámalo prejuicio, llámalo convicción… de que los misterios no están disponibles tan fácilmente. Te tienes que ganar el acceso a ellos. No aprendes las cosas para hacer un uso simple de ellas. Y tenía la impresión de que el LSD era como una autopista directa al misterio. Y lo que no me gusta nada del ácido era que la gente que lo tomaba perdía cada vez más el control. Se vaciaban y se volvían insípidos. Siempre pensé que en realidad Leary era un completo gilipollas. ¿Qué era eso de “conéctate, ponte en marcha y abandona”? Pensaba que estaba echando a perder a toda una generación así que no tengo nada bueno que decir sobre él y pienso que, a pesar de que pasaban cosas excitantes, también sucedían cosas horribles, entre las que destaco el hecho de que una generación entera se estaba consumiendo por algo sin importancia.

¿El rock & roll era otro motivo de conflicto?

Yo adoraba el jazz. Durante los años 50 solía ir al Five Spot a escuchar a Thelonious Monk, a Sonny Rollins… Eran héroes para mí. Pensaba, volviendo al tema, que el jazz era una puerta extraordinaria a los misterios de la vida moderna. Y pensaba que el rock & roll era algo monótono comparado con el jazz y nunca me gustó. Veía que crecía cada vez más y lo comparaba, de algún modo, con el crecimiento del LSD. Era como si todo se estuviera abaratando. Y pienso que todavía pasa eso hoy en día. Ahora vivimos en un ambiente mucho más barato que antes.

Escribiste de las convenciones políticas de 1968 en tu libro Miami y el Sitio de Chicago. Echando la vista atrás, ¿cuál piensas que es el legado de las protestas que tuvieron lugar en Chicago durante ese año?

Creo que el Partido Demócrata se está liberando de una vez por todas. Ha estado adormecido desde el mismo año 68. La convención provocó un daño tremendo al Partido Demócrata, porque partió al partido en dos –fue casi bíblico, como lo de la división de los mares–. Estaban los que se oponían por completo a la guerra de Vietnam y estaban literalmente dispuestos a dar la vida por sus creencias, mientras que la otra parte del partido pensaba “¡Vosotros fuisteis los que nos metisteis en esto! ¡Vosotros jodisteis el partido!”. Fue un horror, y el partido se ha tambaleado desde entonces. 1968 fue un desastre para los demócratas.

¿Por qué crees que este presidente [George W. Bush] y esta guerra no han conseguido generar el mismo nivel de protestas?

Bueno, creo que no ha generado el mismo nivel de protesta porque tan sólo han muerto allí unos pocos miles de soldados profesionales. ¿Qué es lo que tenemos sobre la mesa? ¿3.000 soldados americanos profesionales? Las bajas americanas en Vietnam fueron 50.000, y se trataba de soldados llamados a filas. Sin embargo, creo que sí que hay un enorme resentimiento por esta guerra en Irak. Y este resentimiento está plenamente justificado. Probablemente estemos hablando de la guerra más cobarde en la que hayamos estado nunca, con menos sentido, especialmente cuando miras a los listos que nos han metido en ella, estos neo-conservadores que pensaron que todo iba a ser facilísimo.

¿Crees que es una guerra más errónea que la de Vietnam?

Bueno, la de Vietnam también fue una guerra terriblemente errónea por una sencilla razón: se trataba de un comunismo caníbal. Había diferentes facciones comunistas luchando entre ellas, y si las hubiéramos dejado solas, hubieran desaparecido por sí mismas. En lugar de eso, Estados Unidos sufrió de paranoia. Pensamos, de manera incorrecta, que aquel comunismo iba a expandirse por todo el mundo hasta controlarlo. Todo, en mi opinión, por esta mala conciencia tan cristiana.

¿Qué quieres decir con eso?           

Que se supone que no podemos estar todo el día pensando en enriquecernos, enriquecernos y enriquecernos. Se supone que tenemos que cuidar de los pobres, si somos buenos cristianos. Pero el buen cristiano no existe. Si acaso, sólo encontramos un hombre o mujer de cada mil. El cristiano medio es una mezcla, como todos nosotros, con su lado bueno y su lado malo. Los cristianos practicantes han estado en el poder de este país durante toda mi vida y siempre han afirmado que el comunismo es la semilla del diablo. No lo ven como un sistema político formado por gente como ellos, con sus cosas buenas y sus cosas malas.

Hablando de la Guerra Fría, en el libro The White Negro escribiste sobre cómo la amenaza de una masacre nuclear produjo una crisis existencial entre la gente joven.

Que la muerte ya no tenía sentido, que se moría por nada.

¿Ves algo parecido ahora en esta guerra contra el terror?

El 11 de septiembre es un ejemplo perfecto para entender esto. El horror, el impacto, viene cuando piensas que un día te levantas por la mañana, dices adiós a tus hijos, das un beso a tu mujer, te vas al trabajo y mueres. Eso fue un shock intolerable. Por eso los terroristas son tan odiados, porque acaban con la idea de que vas a tener un muerte con un significado especial, así que, por tanto, ¿de qué sirve trabajar tan duro si no lo haces en nombre de algo con más significado? Por eso es por lo que Bush puede seguir en sus trece: “¡Terroristas!, ¡Terroristas!, ¡Terroristas!”. De alguna forma, Bush es un terrorista, porque alguien que se pasa todo el tiempo gritando “¡Terroristas!” es para conseguir una reacción, sin un propósito moral más alto.

Su propósito es generar miedo.

Está generando miedo donde no necesariamente tiene que residir ese miedo. La ventaja de ser un novelista es que adquieres desde muy joven el hábito de ver cada cosa de la vida desde todos sus puntos de vista. Particularmente te fijas en alguien que es horripilante, te gusta escucharle para ver cómo es. Así que, desde esa perspectiva, ¿cuál es la historia de los terroristas? La historia de los terroristas es que trabajan contra todos los elementos, relativamente hablando. No tienen apenas medios. Lo único que tienen es la posibilidad de hacer bastante daño en algunos sitios y matar a algunos cientos o a algunos miles de personas, así que si pueden lograrlo, sentirán que han triunfado, porque dado el resultado por el que políticos baratos como Bush se están peleando, les merece la pena, hasta cierto punto.

¿Cuál es la historia de Bush entonces si esa es la historia de los terroristas?

Bush es un terrorista.

¿Crees que es el peor  presidente de todos los tiempos?

Es un terrorista espiritual. Es interesante que, retrospectivamente, haga parecer a alguien como Nixon un buen presidente. Nixon era un hijo de puta cuya vida interior probablemente oliese a meado reconcentrado, pero era jodidamente listo, y era serio, y podía reconocer sus límites cuando se metía en algún lío. Así que mirando atrás, sí, estaríamos muchísimo mejor con Nixon que con Bush.

Acabo de ver un antiguo debate que protagonizaste junto con Marshall McLuhan…

Dios mío…

Era un programa de televisión en blanco y negro de 1968, y ambos hablabais del “sobre electrónico” y de la idea de la sobrecarga de información. Lo estaba viendo en el Google Video, así que la situación era bastante surrealista. ¿Crees que los cambios tecnológicos de los últimos cinco años han tenido algo de positivos?

No sé si son positivos en absoluto. Hay una ligera conexión entre la información creciente y el conocimiento sexual creciente. Llega un punto en el que si adquieres mucho conocimiento sexual, al final acabas mitigando el impacto. Y creo que eso mismo pasa con la información. Cuando posees mucha información y la consigues fácilmente, tiendes a utilizarla bien de forma desagradable, dejando a un lado la vanidad, o bien tiendes a ser indiscriminado con ella. Quiero decir, hace muchos años era complicado: tenías que consultar enciclopedias, tenías que ir a la biblioteca, a lo mejor pasar un día entero allí, era excitante. Ahora aprietas un par de botones y ya tienes toda la información, que, por cierto, siempre viene presentada en ese estilo mediocre tan característico de internet. Está ligeramente amortiguada. Y diría que si hay una cosa que no está bien de los cambios tecnológicos son esas dos palabras: “ligeramente amortiguada”.

¿Utilizas internet?

Ni tan siquiera sé cómo encender un ordenador.

Así que…

Lo utilizo indirectamente. Mi mujer utiliza uno y mi secretaria también, así que disfruto de los beneficios sin tener que utilizar los ordenadores.

¿Crees que el convertirte en un literato famoso te supuso una gran distracción?

Claro que sí, un extra, una trampa. Hizo de mi vida una caricatura.

¿Qué es lo que más te molestaba, más allá del concepto erróneo que tenía la gente sobre ti?

Nada me enfadó tanto como lo que decían de que yo odiaba a las mujeres. Crecí en un mundo lleno de mujeres, mujeres encantadoras, y siempre me han encantado. Cuando crecí fui lo suficientemente idiota como para hacer un par de comentarios sobre las mujeres. Hice un par de comentarios totalmente ridículos con el paso de los años, y, claro…  Pero no todas las mujeres en la revolución feminista eran feas. Gloria Steinem, por ejemplo, era guapa. Pero había un montón de mujeres feas que tomaron parte de aquella revolución, y odiaban a los hombres. Buscaban objetivos que despreciar y yo era uno de ellos.

Decir que había un montón de gente fea en el movimiento feminista no te va a reconciliar con las feministas.

Me refería a los primeros tiempos, ¡los primeros tiempos! Ahora forman parte de la población general.

Estuviste con Hunter S. Thompson en Zaire en 1974, cubriendo la pelea entre Muhammad Alí y George Foreman. ¿Cómo fue aquello?

Lo de Zaire fue fascinante. Estábamos un montón de escritores allí a los que nos encantaban los combates profesionales y teníamos la idea de la pelea absoluta y completamente interiorizada. Entonces Hunter vino con algo típico de él: éramos como un Consejo de Expertos y su experiencia a lo largo de su vida era que todos consejos de expertos eran un montón de mierda. Pensaba que iba a ser el líder de todo aquello. Tenía la idea de que no iba a aprender más de boxeo en dos semanas de lo que el resto había aprendido durante toda la vida, así que tenía que hacer algo distinto a nosotros. Y lo que decidió fue que iba a ver la pelea con Mobutu, que era el dictador de Zaire. Intentó por todos los medios sentarse junto a Mobutu, pero no lo consiguió.

Le vi en el avión de vuelta, borracho y bebiendo muchísimas cervezas seguidas. Lo recuerdo como ejemplo de su inmensa adaptabilidad –corría muchos riesgos así que si no le salía bien, ¿qué más daba? Siempre había otro riesgo a la vista, así que pasaba a otra cosa–. Esa fue una de sus últimas aventuras.

¿Seguías su trabajo?

Miedo y asco en Las Vegas es, no diría que mi libro favorito, pero sí es una absoluta maravilla. Todo lo que hizo en vida fue, de algún modo, una gran novela. Se saltó tantas reglas que me marearía si tuviera que evaluarlo. A veces yo no aprobaba las reglas que él rompía, desde el punto de vista de que yo era un escritor más establecido de lo que él era, pero esa actitud desafiante siempre me atrajo. Es una de esas personas de las que puedes leer una sola página de su trabajo y conmoverte, y no se puede decir eso de muchos escritores. Es rara la vez que uno no se estremece al leer una página de Hunter.

¿Qué hiciste cuando los ‘baby boomers’ abrazaron con retraso a la ‘greatest generation’?

[Risas] No creo que nunca nos hayamos visto así a nosotros mismos. Es gracioso. No tiene nada que ver con lo que pasó en realidad. Y la realidad es que nos quejábamos, nos enfadábamos, estábamos furiosos. Nos quejamos de la guerra. La idea de la “generación más maravillosa” no estaba a la altura de nuestra vanidad. No sé lo que fue para la gente más joven, pero supongo que los más inteligentes sólo dirían, “anda, más mierda”.

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